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 Asunto: Once upon a Time in the West: Algo que ver con la Muerte
NotaPublicado: Mié Jul 21, 2010 8:04 pm 
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Doble de tía May
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Once upon a Time in the West (1968)
(Hasta que llegó su hora)

-contiene SPOILERS-

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DIRECCIÓN: SERGIO LEONE

HISTORIA: DARIO ARGENTO & BERNARDO BERTOLUCCI

GUIÓN: SERGIO LEONE & SERGIO DONATI

PRODUCCIÓN:
FULVIO MORSELLA

FOTOGRAFÍA: TONINO DELLI COLLI

MÚSICA: ENNIO MORRICONE

MONTAJE: NINO BARAGLI


INTÉRPRETES

FRANK: HENRY FONDA

JILL MCBAIN:
CLAUDIA CARDINALE

CHEYENNE: JASON ROBARDS

HARMÓNICA: CHARLES BRONSON

MORTON:
GABRIELE FERZETTI




1. LOS ARTÍFICES DE LA PELÍCULA



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SERGIO LEONE (EL DIRECTOR Y LA MIRADA)

Principal exponente del spaghetti western y uno de los mejores directores italianos de todos los tiempos, Sergio Leone comenzó su carrera como ayudante de dirección, director de la segunda unidad y guionista en producciones italianas históricas y de fantasía, todas ellas con marcado carácter de serie B. Sus comienzos en el western estuvieron marcados por la magistral Trilogía de los Dólares, integrada por Per un pugno di dollari, Per qualche dollaro in piú e Il buono, il brutto, il cattivo, todas ellas protagonizadas por iconos americanos como Clint Eastwood, Eli Wallach o Lee Van Cleef. En estas tres películas (junto con Once upon a time in the West, sus obras más perdurables y reconocidas), Leone deja ya sentadas las bases de su estilo: un imponente dominio de la cámara, la puesta en escena y los espacios, un sentido único del humor y la violencia, y una especial atención a la música que convertirá muchas de sus escenas en auténticas coreografías, o las dotará de un lirismo y profundidad inusuales en el género. Su marcada personalidad quedará reflejada no sólo en sus películas del Oeste, sino también en su obra postrera y megalómana Once upon a time in America, con la que pretendía continuar, después de la obra que estamos tratando, una futura trilogía sobre la historia americana, por la que siempre sintió una obsesiva fascinación. Su obsesión por los detalles y su amor desmedido por el género (en especial por las películas de John Ford) le llevaron a indagar en profundidad sobre los múltiples aspectos históricos recogidos en Once upon a time in the West, llegando incluso a sondear minuciosamente multitud de archivos fotográficos de la época, o a ordenar traer desde los Estados Unidos grandes cantidades de arena de los escenarios reales para que los momentos de la película rodados en Europa no desentonaran visualmente con los rodados en América. Sin embargo, pese a su fidelidad hacia la Historia y los engranajes clásicos del western, Leone se erigió, junto con Peckimpah, en uno de sus grandes renovadores, mediante la plasmación de una mirada diferente, más sucia y realista, y al mismo tiempo más épica y lírica, en la que los zooms vertiginosos, los primeros planos casi arqueológicos sobre los rostros de los personajes (que revelan cada cicatriz, cada poro) o las panorámicas espectaculares deudoras de Ford, se combinan y encajan perfectamente en un todo emotivo, violento, salvaje y tierno, que ejercerá su influencia no sólo en el futuro del género, sino del cine en general, y extenderá su alargada sombra sobre la mirada de otros directores igualmente revolucionarios, como Quentin Tarantino.

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DARIO ARGENTO & BERNARDO BERTOLUCCI (LA HISTORIA) / S. LEONE & S. DONATI (EL GUIÓN)

Si algo hace realmente grande a Once upon a time in the West, más allá del incuestionable talento de su director, es la solidez de su historia. Y no por casualidad, la historia que más tarde desarrollarían Leone y Donati (guionista no acreditado de muchas secuencias de sus anteriores películas), estuvo en las manos de otros dos grandísimos autores del cine italiano: Dario Argento, personalísimo director que elevaría el giallo a su estatus de culto y firmaría obras de la entidad de Suspiria o Profondo Rosso, y Bernardo Bertolucci, cineasta de inquietudes políticas y estéticas y vocación provocadora y revolucionaria, que nos ha dejado clásicos con Il conformista, La strategia del ragno, Ultimo tango a Parigi, Novecento o The Last Emperor. Ambos, en la plenitud de su juventud y en un estado de gracia pocas veces repetido, dieron vida al meticuloso y operístico mecanismo de relojería que fue a la postre el guión de Leone y Donati (para el que esto escribe, uno de los mejor construidos de la historia del cine). Dejando a los personajes definirse a la vez por sus actos y por sus palabras de forma ejemplarmente equilibrada, y llenándolos de matices y aristas en todo alejados de los arquetipos del western clásico, los autores consiguen, no sólo recrear de forma fascinante el zeitgeist de una época, con todo su componente mítico, sino también una profunda epopeya que se sumerge en los laberintos de la condición humana (la familia, las instituciones, la moral, la violencia, la venganza, el individualismo y la colectividad, la inadaptación, las sociedades en construcción, etc), que no deja de lado en ningún momento lo emotivo en favor de lo violento, ni los detalles en favor de la visión de conjunto, ni lo lírico en favor de lo espectacular, ni viceversa; y en la que brillan con luz propia la fuerza de los diálogos, el carisma de cada uno de los personajes, y una estructura narrativa tan rotunda como valiente, tan lenta como demoledora, y el más difícil todavía: mucho más grande en su mastodóntico conjunto que la suma de todas sus impresionantes partes.


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ENNIO MORRICONE (LA MÚSICA)

No es ningún secreto, como ya hemos dicho, el especial mimo de Leone hacia las bandas sonoras de sus obras, pero es quizás Once upon a time in the West aquella en la que su estrechísima colaboración con Morricone alcanza un grado más alto de perfección. Diseñada como una gigantesca “danza de la muerte”, en palabras de su director, la película se convierte en una milimétrica coreografía de gestos, miradas, revólveres y movimientos de cámara, engarzados por una música que se convierte a la vez en elemento sintáctico (la aparición de cada personaje principal con su propia melodía), en creadora de atmósferas sobrecogedoras (la aparición de Frank y sus hombres en el rancho de McBain, o el célebre travelling de la llegada de Jill a la estación) y en argamasa narrativa, sin dejar de aportar de vez en cuando apuntes cómicos, subrayados, evocaciones e introspecciones de los personajes. Desde el inquietante tema de Harmonica hasta el lírico de Jill o los más épicos de los duelos y los momentos de violencia, la música de Morricone alcanza una de las cumbres de su inabarcable carrera como compositor, plagada de films míticos (muchas veces precisamente gracias a su labor), como sus anteriores colaboraciones con Leone (los famosísimos silbidos de la Trilogía de los dólares), o Salò, The Mission, Nuovo Cinema Paradiso, y un larguísimo etcétera, en la que convergen sus principales virtudes: la funcionalidad, la mimética adaptación a la historia narrada, la creación de ambientes y melodías poderosas e inolvidables, y la unión de lo descriptivo y lo emocional, que se ajustan como un guante al ritmo de la película, el carácter de los personajes, y la esencia del argumento.



2. EL ARGUMENTO (UNA DANZA DE LA MUERTE)

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A su llegada a Flagstone, Jill, una joven casada en secreto unos meses antes con el granjero Brett McBain, descubre en el rancho de éste, Sweetwater, que él y sus hijos han sido asesinados. Aunque las autoridades locales se apresuran a culpar al célebre bandido Cheyenne y su banda, un misterioso forastero que responde al nombre de Harmonica, el instrumento que no deja de tocar como un presagio, sacará a la luz al verdadero autor de los macabros asesinatos: Frank, el sicario y hombre de confianza de Morton, el rico empresario embarcado en la construcción del ferrocarril en la zona, cuyo sueño es ver los dos océanos unidos por las vías de su tren. De la colaboración entre Jill, Cheyenne y Harmonica (que alimenta un oculto y poderoso deseo de venganza hacia Frank y sus hombres), pronto surgirá el secreto que esconde el nombre de Sweetwater (agua dulce): antes de morir, el ambicioso McBain, habiendo descubierto agua en las tierras de su propiedad, se dispone a construir en solitario una ciudad alrededor del punto donde se supone que ha de pasar la línea del ferrocarril, y ha de hacerlo antes de que éste llegue, para que su contrato no pierda vigencia. Pero Frank tiene también sus propias ambiciones, y mientras Jill y los dos forajidos tratan de cumplir contra reloj el viejo sueño de McBain, éste trata a la vez de impedir la construcción de la ciudad, y de usurpar el lugar de Morton al frente de su empresa. Persiguiendo sus propios intereses, pero también solidarios con la viuda McBain, Harmonica y Cheyenne se propone frustrar la ascensión de Frank, y cuando Jill es raptada por él, acuden a su rescate con un plan que culminará con la venganza de Harmonica, y la revelación de los hechos del pasado que lo condujeron a llevarla a cabo.




3. LAS CLAVES (LA MUERTE DEL WESTERN SEGÚN LEONE)

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Desde el principio, y según su director, la película estuvo planteada sobre los cimientos de dos premisas principales: por un lado, la ruptura final de Leone con el género que más amaba, a través de la realización del western definitivo que “matara” al Western; y por el otro, su firme convicción de que América, y en especial el Oeste, había sido levantada por “mujeres con pelotas de acero”. Para lo primero, Leone se propuso conseguir que los tres asesinos de la secuencia inicial de Once upon a time in the West fuesen Clint Eastwood, Lee Van Cleef y Eli Wallach, jugada arriesgada que no pudo ser, y que estaba destinada a ser la metáfora perfecta de la muerte de la Trilogía de los Dólares, y por extensión, del género en lo que a Leone se refería. Para lo segundo, y en esto sí tuvo éxito, diseñó todo el argumento de la película para que girara en torno a Jill, la mujer que simbolizaría a ese matriarcado americano que admiraba (seguramente también muy influido por la idea de la mamma italiana).

Es precisamente por su carácter crepuscular y aglutinador de la esencia del género que en la película, aún pese a la renovación estilística que proponía Leone, se den cita todos los grandes temas y convenciones del mismo. Está, como hemos dicho, el matriarcado. Está el asentamiento de los colonos representado por McBain, y la concepción de esa antigua estirpe de hombres intentando abrirse paso en un entorno hostil que no les pertenece y al que no pertenecen; están los forajidos y los fueras de la ley (desperados), encarnados por Cheyenne, Harmonica y Frank; está la insuficiencia de la ley y la imposición de la violencia como único juez posible; está la venganza, la épica venganza protagonizada por Harmonica, que aparece como un ángel de la Muerte, de esa muerte que tanta presencia e influencia tuvo en la conquista del Oeste americano, esa muerte como enemigo democrático que alcanza a todos en el mundo nuevo por domesticar, y cuya derrota momentánea en el día a día por parte de esa estirpe legendaria se convierte en el leit motiv principal del género; está el ferrocarril como utopía, como el mensajero y el artífice del progreso, de la victoria del hombre sobre el medio; está la moral individualista, las ambiciones privadas en oposición a la necesidad de la construcción de una sociedad; están las costumbres en extinción de los indios (la comunión con la tierra, el respeto al entorno, los rituales mágicos) frente a las paradójicamente más salvajes y totalizadoras que impone el hombre blanco; está la importancia de la familia como apoyo y como símbolo de esa conquista cotidiana; está la mujer como objeto de rivalidad, pero también como artífice de la lucha por la supervivencia, la oposición de su aparente debilidad y su coraje frente a la fuerza y violencia de los hombres; está el concepto de la frontera, las lindes de la tierra, la que marca el ferrocarril, la que existe entre los que mueren y los que matan, entre los que se limitan a sobrevivir y los que alimentan ambiciones, entre la ciudad en ciernes y el campo, entre el desierto y el mar; y están, en definitiva, todas las pasiones y debilidades humanas, todas las emociones y sentimientos radicalizados y extraños en un ambiente que los magnifica o los encoge, reforzando o debilitando el carácter del individuo, está la moral y su relatividad según las circunstancias, está el retrato de todo un mundo diferente que fue y se esfumó, dejando paso a la moderna sociedad americana, que sigue bebiendo en abundancia de muchos de aquellos elementos que ayudaron a forjarla (la tierra prometida, el sueño americano), pero también, de forma más universal y más particular a la vez, está la visión de un hombre (Leone), de la naturaleza humana en general, y de una época compleja e irrepetible en particular. Y por encima de todo eso, uno no puede evitar observar que está el amor. El amor (de Leone también) por un momento clave de la humanidad, por un género, por una historia, por unos personajes, y por un medio de expresión como es el cine.



4. LA PELÍCULA EN LA RETINA

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Es imposible que uno trate nunca de ser objetivo en la valoración personal de una película, y todavía más en la de una que marcó un antes y un después en su evolución como persona y como espectador, pero tengo la convicción de que esto no hace sino enriquecer a uno mismo y a la propia obra, así que no trataré de serlo.

Once upon a time in the West es una parte imprescindible de mi educación sentimental y de mi forma de concebir el cine, como lo son también muchas de las películas de la mayoría de los implicados en ella, y si trato de buscar razones para ello, la primera que me viene a la cabeza, o más bien desde las tripas, es mi absoluta fascinación por el ojo diferente, por la mirada única, alejada de los tópicos y del estándar, de la personalidad elevada a marca de fábrica y a bisturí de la vida y el Universo. Y quizás sea exagerar, pero a mi modo de ver, TODO está en esta película. Desde la prodigiosa escena de los créditos iniciales hasta el final con Jill saciando la sed (en más de un sentido) de los trabajadores, la sensación de estar ante un acto de amor absoluto y perfecto, es inevitable. Y es inevitable también la carne de gallina. La que le sobreviene a uno con la llegada de Frank y sus secuaces, con esa música apocalíptica sobrecogiendo al más insensible, apareciendo de entre las sombras como la Muerte misma, como jinetes de un Apocalipsis inminente, ese icono viril y apabullante del grupo de hombres armados caminando juntos, que quedaría también grabado a fuego en The Wild Bunch, The Magnificent Seven o Reservoir Dogs, y que constituye un nuevo escalón en la concepción de la épica, de la exaltación de la fraternidad masculina (para el Bien o para el Mal) tan atractiva, tan peligrosa, pero tan poderosa como concepto. La carne de gallina que a veces esconde un regusto amargo y conmovedor, como Cheyenne ya herido de muerte haciendo consciente a Jill de la esperanza que puede traer su simple presencia a los hombres que trabajan fuera, la alegría que un simple roce de su cuerpo puede traer a sus almas, haciéndola consciente también de que Harmonica no se quedará, porque hay algo oscuro en su interior, “something to do with Death”. Como Jill recordando su pasado de prostituta a través de los encajes negros de la cama donde Frank la tiene aprisionada. Como la desesperada lucha de Morton y su patetismo estremecedor, arrastrándose para llegar a un charco, miserable metáfora de ese océano que ya nunca verá, mientras suena el rumor de las olas en su cabeza. Como Harmonica con la muerte de su hermano literalmente sobre sus hombros cuando Frank se acerca y le coloca el instrumento en la boca y le pide que toque, con esa cámara lenta y la música de Morricone elevando la tragedia a nuevos extremos, y esa caída de Frank en el duelo final, retorciéndose antes de morder el polvo en esa mueca retorcida y macabra de la serpiente venenosa que es (esos escupitajos espesos y diabólicos…) recordando por fin quien es el que lo mata. Como antes Harmonica preso en el tren, respondiendo a la pregunta de Frank con los nombres de los hombres que murieron a sus manos. Como Cheyenne alabando el café de Jill mientras le dice que le recuerda a su madre, en una escena que consigue ser doméstica y cotidiana pese a la urgencia e inestabilidad de lo que pasa fuera, en un alarde de genialidad insuperable. Como la llegada de Jill a Flagstone y su viaje en el coche de caballos, de nuevo con Morricone de fondo y los culos de los caballos que tan bien filmaba Leone y admiraba Bertolucci, alternados con panorámicas apabullantes del desierto. Como Cheyenne preguntándole a Harmonica si además de tocar sabe también disparar en su primer encuentro en el ambiente surrealista de la fonda. Como los sicarios diciéndole a Harmonica que falta un caballo, y él respondiendo que sobran dos. Como Frank dejando un dólar sobre la mesa para pagar la bebida de Harmonica, y este después salvándole la vida alertándolo sobre el reloj, sólo para poder matarlo él más tarde y consumar su venganza.

Cientos de momentos inolvidables de carne de gallina que uno no puede poner en orden ni enumerar con criterio porque luchan en su interior por convertirse en sus favoritos, que hacen realidad mi teoría de que a las grandes películas uno no les mira el diente (la técnica en este caso) sino que se limita a aceptar el regalo, a disfrutarlas siempre con la inocencia de la primera vez, y uno sigue esperando que, pese a la tensión y el presagio de la caza de pájaros con su padre, Frank no mate al niño una vez más; que una vez más no huya Harmonica y encuentre un motivo para dejar de cabalgar en busca de la Muerte; que no muera una vez más Cheyenne de su herida, y vuelva a casa para aprender a merecerse a Jill, la más puta de New Orleans, pero la que mejor le hace el café.



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 Asunto: Re: Once upon a Time in the West: Algo que ver con la Muerte
NotaPublicado: Mié Ago 04, 2010 11:32 pm 
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Registrado: Jue Sep 14, 2006 11:19 pm
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Mr White, si hay un argumento de peso para agradecer a los hados su entrada en este humilde foro desde luego es este artículo. Hay entradas y entradas, pero este análisis de la que no solo puede ser una de las mejores películas del Western, si no también una de las mejores (así, en general, sin más añadidos) de la historia es lo que yo definiría entrar por la puerta grande.

Comparto con usted la pasión por este film único, magnético y desolador que igualmente me supuso un punto de inflexión a la hora de entender el cine y que considero entre mis dos películas favoritas de todos los tiempos heredada por un legado familiar de buen gusto por el cine.

A su impecable análisis (al cual prácticamente no le falta nada) quisiera sumarle un par de detalles.

Empecemos por lo anecdótico: Esa foto de Claudia Cardinale… pertenece a The Professionals (Los Profesionales), ¿verdad? Divertida película a medio camino entre Magnificent Seven (Los Siete Magníficos) y The A-Team (El Equipo A) y a la vez una exquisita elección, pues la erotómana figura de Claudia Cardinale difícilmente luciera tanto como lo hiciera con aquel “albornoz” corto y raído y esas botas de cuero alto que llevara en la película.

Por lo demás, y en lo que atañe a Once Upon a Time in The West/Hasta que llegó su hora (Lo siento, pero al igual que con Vertigo/Entre los Muertos este es un caso en el que el título español me fascina casi tanto o más que el original) querría destacar ese carácter crepuscular, la muerte del western como alude, y el papel del inconmensurable Henry Fonda en ello. Un Henry Fonda que junto a actores como Burt Lancaster o Kira Douglas se convirtió en uno de los principales estandartes de la generación de héroes del Western a medio camino entre los Gary Cooper/John Wayne y los Clint Eastwood/Charles Bronson y que, si bien recuerdo, nunca interpretó a otra cosa que al héroe intachable del far west, máximo exponente de la virtud en una tierra de forajidos, y a quien Leone tuvo los santos cojones de convertir en un odioso y desalmado bastardo como pocas veces se había visto. Ya desde su primera aparición, con ese rostro curtido y esos angelicales ojos claros, embutido en su traje negro y su ”Ahora que has dicho mi nombre…” aquello fue una contundente estocada en el alma de un imaginario colectivo forjado durante medio siglo de películas del oeste. Fonda, como no podría ser de otra manera, estuvo impecable.

Pero si algo me gustaría destacar de la obra, aparte de ese trágico vendaval de drama humano en rumbo de colisión que usted mismo elogia, es la atmósfera presente a lo largo de toda la película. Creo que fue el propio Leone quien dijo que con ella quería reflejar los últimos estertores de un moribundo y, con ese peculiar ritmo, esos parajes ásperos y desolados y la continua presencia de la muerte, así como el constante sonido del viento deslizándose por el metal oxidado, ya fuera en el molino de la estación, la armónica de idem o la música de Morricone lo consigue con creces absorbiendo al espectador ya desde esos primeros minutos tan complicados para cualquiera no lo suficiente versado. Pero claro, ahí también hace mucho el poderío visual del propio director que, a excepción del clímax de il bouno, il brutto, il cattivo/The Good, The Bad and The Ugly/El Bueno, El Feo y el Malo nunca ha sido tan poderosa como en esta película. La imagen de esa figura fantasmagórica aproximándose al espectador a paso lento pero imparable desde un horizonte difuminado por el sol de la media tarde en la llanura bajo el sonido de Death Rattle me persigue desde mi infancia como si estuviera grabada a fuego en el punto ciego de mi retina.

Y bueno, aparte, destacar el magistral casting de la película. No solo ya por los protagonistas, si no por la totalidad de un elenco que tan bien encarna esa belleza agreste de los 60-70 y que desgraciadamente se haya perdido en la actualidad a favor de chicas y chicos de portada. Dudo mucho que Charles Bronson hubiera podido ganar ningún concurso de belleza cuando prácticamente se podría postular que fuera el padre de Carmen de Mairena y más de uno encontraría el parecido familiar, pero es que lo mismo puede trasladarse a un reparto repleto de feos con carisma, a gente de belleza poderosa, tan dura y áspera como el entorno que habitan y con los que nos encontramos ya desde ese entrañable vejete arrugado como un higo paso que atiende al trío de pistoleros en la estación. Puede ser una chorrada, pero esos personajes prácticamente definidos por su aspecto, rondando lo grotesco o caricaturesco pero desprendiendo a la vez carisma a raudales es algo que hecho mucho de menos y que en esta película sirve a la perfección para meterte en un mundo de personajes al borde del abismo que se aferran con uñas y dientes sin perder un ápice de su orgullo. Joder, si ni la propia Cardinale y su constante expresión de niña enfurruñada se escapaba de esto y aun así estaba para echarle siete u ocho de un golpe.

Pero en fin, en definitiva, el cenit del cine de lo oeste en su variante más crepuscular (con The Unforgiven/Sin Perdón a la zaga) que prácticamente condensa todos los elementos que hicieron grande al género y que es tanto una oda de amor como una declaración de intenciones.

Como curiosidades, destacar un par de cosas.

Una, que no se si alguien ha visto la edición extendida, pero hay una escena, la conversación entre Frank y Morton en las ruinas del famoso poblado indio de las rocosas que no encaja de ninguna forma en la secuencia en donde esta metida.

Y dos, que Leone pretendía rodar un plano desde debajo de las enaguas de la Cardinale enfocando directamente a sus posesiones más íntimas y la temperamental actriz le dijo que nothings.

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 Asunto: Re: Once upon a Time in the West: Algo que ver con la Muerte
NotaPublicado: Mié Ago 11, 2010 9:57 pm 
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Registrado: Mié Jul 14, 2010 2:53 am
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Worbbitt, que me vas a sacar los colores... :oops:

En efecto, la foto de la Cardinale es de The Professionals, y no tengo mucho más que añadir a todo lo que dices, que es muy cierto, sobre todo la estupefacción que causó en su momento el cambio de registro de Fonda, que fue además toda una victoria de la perseverancia de Leone: aunque el personaje sobre el papel era un regalo para cualquier actor, Fonda no las tenía todas consigo, por cómo podría repercutir en su imagen. Afortunadamente se dejó de historias y le echó un par, y en lo único que ha repercutido con el tiempo es en elevarlo a los altares.

Sobre el carácter crepuscular, y de fin de una época, de una forma de hacer las cosas dentro del género, basta con echar un vistazo a todos los westerns que vinieron después: jamás se ha vuelto a hacer una película del Oeste de esa forma. Todo el western moderno, incluso Unforgiven, se basa en una concepción mucho más postmoderna y menos romántica del género. Aunque la ambigüedad moral presente en las películas de Leone ha influido mucho en ellos.

(Hace nada, por cierto, he visto un horror western titulado The Burrowers, del gran J. T. Petty, que quita el aliento.)

Muchas gracias por tus palabras, y me alegro de que te gustara al menos una mínima parte de lo que me gustó a mí escribirlo.

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Traducción al español por Huan Manwë